La semana pasada cumplí cuarenta años. Por un lado me parece que no puede haber pasado tanto tiempo y que no es posible que ya sea tan mayor. Por otro cuando empiezo a mirar hacia atrás y todo lo que he hecho y vivido me da la impresión que debía tener al menos 60. Creo que eso me hace una persona afortunada, porque me siento bastante más joven de lo que soy, pero he tenido una vida muy rica en experiencias y vivencias. La verdad que creo que fue el mejor cumpleaños de mi vida. Tuve que trabajar pero me encanta enseñar y mis alumnos fliparon con mi camiseta (Oh crap, I'm 40!) y les encantó que en España se acostumbre invitar cuando uno cumple años y que por lo tanto yo apareciera en clase con una caja de galletas de la mejor pastelería del pueblo. Esa tarde celebré con mis colegas y amigos que son un grupo de gente estupenda y a los que tengo muchísimo cariño. Durante todo el día recibí múltiples llamadas, mensajes de correo electrónico y mensajes en Facebook. También recibí tres ramos de flores. Pero lo mejor fue el regalo del siglo mencionado en este blog, dos entradas más atrás, de parte de nuestros amigos, mi abogada y el gringo torero. Ese regalo blanco, grande y alemán, mi santo, que vino a pasar el finde conmigo. Resumiendo, lo mejor del cumple ha sido lo querida que me he sentido y lo afortunada de poder rodearme de gente así. Bienvenidos los 40 y vamos a por 40 más y que sean tan interesantes y divertidos, o más, que los anteriores.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados